Porque ya no se puede soñar

La noche eterniza el momento en que recuerdas, incuba rostros y figuras que, al amanecer, quebrarán la realidad que te rodea.

La cotidianeidad nos corrompe y el único modo de salir de ella es trabajar por recordar; nunca olvidar el pasado para pisar firme en el presente, concientizar que estamos en un sitio prestado y que respiramos aire contaminado, ajeno, construir el futuro basados en el segundo que se aproxima, amenazante.

Tarea ardua abrazar al desencanto, volverlo parte de tu vida y, cuando haya perdido su utilidad, desecharlo, borrar con un paño las huellas digitales que se hallan plasmadas en la piel, en la tinta, en el papel que, nunca olvidarán un rostro sonriente, firme, pleno.

sábado, 11 de abril de 2009

Hasta siempre

Por que te quisimos tanto.
Por los que te quisieron tanto.
A la memoria de M.E.G.M.


Mi primer encuentro con la Muerte fue una mañana de cualquier martes de abril. Apacible y con preocupaciones financieras me dirigía al supermercado para realizar algunas compras regulares. Cordial, la niña blanca me preguntó si estaba dispuesto a sacrificar un órgano de mi cuerpo a cambio del bienestar de mis seres amados; alarmado y egoísta respondí con un rotundo “¡NO!”, con mayúsculas para resaltar mi narcisismo. Fue entonces que presurosa y con certeza del contrato recién firmado, acudió a la cita establecida y, en un cruel momento, tomó una vida que no figuraba en el diagrama de las tragedias.

Impotencia, frustración, angustia: sentimientos inútiles que siguen al instante fatídico. El dolor es lo único que perdura.

Segundos, minutos, hospitales, llanto; un endemoniado berrinche contra la injusticia y la traición que Dios acaba de cometer. En cuanto tuve noticia acudí a dar lo único que tengo, un par de hombros firmes y secos.
El culto al dolor y los rituales que lo contextualizan me disgustan, exactamente porque fragmentan y cuestionan nuestra capacidad de aceptación.

No puedo y no quiero contar lo que siguió, es un momento caro para mí, además, la intimidad familiar es importante; sólo quiero celebrar y resaltar la firmeza del roble melódico que, aun en el borde del precipicio, tuvo el valor de regalar una canción.

Las noches en vela trituran el tejido vertebral de lo estable, insinúan cierta complicidad entre el propio y el ajeno, presionan –presionan-, presionan las pantorrillas, el pecho y las mejillas, nos hacen navegar en el sufrimiento pleno para emular nuestra dudosa capacidad de aprender.

El viento que nos acaricia es para la hormiga un huracán; sin embargo, para ambos es intangible, húmedo, presente. Si nunca te has conmovido por algo no sabes de lo que hablo, es imposible reproducir los rayos del sol iluminando los verdes nervios del arbusto claro lleno de jacarandas pálidas púrpuras, es imposible adivinar la fuerza que guía los cuerpos mar adentro.

Él y ella tienen razón: “no se vale”. Despojar a un niño de su emblema, de su figura, abandonarle a la incertidumbre, alejarlo del símbolo, del signo, amordazar su travesura, no se vale; derrumbar una obra incompleta, una esfera de 340 grados, y que el mundo no pare de girar, no se vale.

Rabia no es contemplar el rostro desencajado, ni siquiera ver las cenizas convertirse en fantasma; rabia, rabia implacable es voltear alrededor y verte despojado de un fragmento, rabia es no tener culpable, ni juez, ni verdugo; es la fiebre de nudillos blancos y pilares hundidos en la brevedad, es el tiempo simultáneo del sí y del no, de arrancar con los colmillos la posibilidad, rabia es no dormir acompañado nunca más.

Mi segundo encuentro con la Muerte fue una mañana de cualquier viernes de abril. No preguntó, no respondí, me dio la espalda tatuando en un suspiro la maldita promesa de volvernos a encontrar.

2 comentarios:

Lord Kevin Lomax dijo...

Una razón más para odiar a Abril. Estoy contigo.

polvo de estrellas dijo...

ohhh...=S