Porque ya no se puede soñar

La noche eterniza el momento en que recuerdas, incuba rostros y figuras que, al amanecer, quebrarán la realidad que te rodea.

La cotidianeidad nos corrompe y el único modo de salir de ella es trabajar por recordar; nunca olvidar el pasado para pisar firme en el presente, concientizar que estamos en un sitio prestado y que respiramos aire contaminado, ajeno, construir el futuro basados en el segundo que se aproxima, amenazante.

Tarea ardua abrazar al desencanto, volverlo parte de tu vida y, cuando haya perdido su utilidad, desecharlo, borrar con un paño las huellas digitales que se hallan plasmadas en la piel, en la tinta, en el papel que, nunca olvidarán un rostro sonriente, firme, pleno.

sábado, 28 de julio de 2007

Primeros genios del Siglo XXI: Capítulo I

Al parece algunos amables lectores tuvieron problemas al leer la historia, entonces hice una recopilación y presento el primer capítulo de un sólo golpe para que, quien tenga 15 minutos, le de una leída. También edite ya la página y quedo muy bien, chequen los links, todos ellos con buena calidad y comenten algo, hagamos una nueva comunidad de lectura e información compartida. Contesten la encuesta al final, la iré cambiando cada 15 días. Si les gusta la pág, regresen e inviten a sus cuates a visitarla, si no, haganle una broma pesada a sus enemigos.

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Me gusta el futból ¿Y qué?
Mi equipo favorito son los Jaguares de Chiapas y estoy contento por que, en un partido de pretemporada o algo así, le ganamos al campeón argentino 3-1.

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Nunca hay que perder la capacidad de sorprenderse ante lo común que, si observamos bien, nos daremos cuenta de que la vida tiene aún mucghas sorpresas y cosas nuevas (buenas, malas, como sea) que entregar. Ahora sí, el cuento:

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Los primeros genios del Siglo XXI

Era un grupo de cinco extraños seres, tan diferentes entre sí, tan distintos a mí, que aun después de cuatro años me parecían absolutamente ajenos. Reconozco su intelecto, su genio, la manera tan original de expresarse; en cambio condeno la apatía, la desidia, el pesimismo que los inundaba ("nos" a partir de compartir experiencias) pero cómo evitarlo si tal conjunto tan heterogéneo de pensamientos no puede estar unido más que por un sentimiento en común: la nostalgia. El primero era un samurai nacido en la década de los setentas, un noble educado especialmente para luchar y que, al ir creciendo, abandono cualquier señorío para convertirse en el único ronin que conozco. A pesar de siempre odiar la idea, era a quien los demás concebían como líder, al menos, la voz que designaba con más o menos un sentido recto de justicia y honor el camino a seguir por el grupo; era también el más triste de ellos, siempre con su botella de whiskey escondida en el cajón de aquel mueble viejo, polvoriento y desgastado, junto a la magnum colt .50. Tenía en mente la idea de volar, de navegar un submarino o de convertirse en detective, cargando un cigarro en la boca y la espada lista para la batalla honorable. Un consejero de algún antiguo emperador japonés no fue nunca más sabio que este descendiente de trescientos dragones esmeralda, parte de un prominente árbol genealógico, un antiguo linaje de filósofos e iluminados monjes zen de la tierra del sol naciente. Era éste un ser callado, reflexivo, calmo en acción y veloz en pensamiento, un verdadero practicante del desprendimiento material y la paz espiritual...siempre y cuando no le molestaras. No había quien no le temiera si llevaba dos botellas de sake extra en la sangre o si alguien le había fastidiado la tarde. Su infinita sabiduría y su comprensión del mundo eran suficientes para silenciar el más poderoso estruendo que inquietara su corazón. Merodeando en la selva, robando mujeres, saqueando casas, matando ladrones de caminos, gritando y haciendo desorden de tribu en tribu, el bárbaro fue extraído de su hábitat natural, expuesto al mundo real y cotidiano, con zapatos y playeras. Antes de aborrecer por entero su nueva jaula, tuvo que encontrar sistemas de identificación y fue así que surgió el fanatismo por el hombre araña, las bicicletas, Valentin Elizalde y la cumbia de Teotihuacan. Deprimido por sus fallidas (peor, por sus logradas) conquistas con las mujeres, encontró en la cerveza y el vodka una plataforma para alegrarse los días, aprendió a dibujar, jamás a leer y escribir, y se dedicaba a hacer bocetos los cuales, al observarlos, provocaban una sensación infantil e irresistible de colorear.

Controlaba el fuego, el aire, las tormentas eléctricas, las perturbaciones emocionales y el capital en su cuenta bancaria con la misma discreción que un oportuno reportero maneja la nota roja; era un alquimista perdido en la inmensidad obscura del espacio filosófico moderno. Eterno viajero, agrio de humor, solidario, tramposo, jugador, fumador, en fin, acostumbraba guardar sueños en cajas de bronce con candados de oro y -al ser el único que conservaba la llave- sabía manejarlos a conveniencia y utilizarlos como herramientas precisas para destrozar a sus enemigos. Sólo tenía una debilidad, la que ha aquejado a los hombres desde el inicio de su existencia: era preso de una sonrisa inocente, de unos ojos que perturbaban a quien los miraba, carta de presentación de un hada maliciosa y pícara que lo tenía comiendo de su mano... no todos los experimentos salen bien. El último de estos singulares personajes era un extraterrestre verde, con un par de antenas en la cabeza ovalada y dos ojos grandes, enormes y alegres. Si fuera humano diríamos que es calvo y regordete, pero es la anatomía general de su especie (estudio que presentaremos más adelante). Caído de algún lejano planeta se acostumbro rápidamente a la Tierra, adquirió un disfraz conveniente para representar sus habilidades interespaciales y buscó una actividad en la que no se sintiera tan excluido: se volvió un profundo admirador-crítico de la guerra de las galaxias, si alguien le hubiera consultado al momento de crear esta saga, seguramente habría ayudado a reconstruir el espacio exterior y varios planetas más. Aunque en el fondo estaba sorprendido de la exactitud de reconstrucción, llegó a dudar si debajo de esa horrible papada no estaría algún vecino cósmico y lejano que se aprovechaba de la ignorancia terrícola. Comienza aquí la historia, un Sábado común y corriente con seis extraños que, después de diez años de amistad, aún no soportaban ese terrible momento de elegir donde comerían, donde irían a beber una cerveza o decidir lo que sea; hasta que la fuerza de la costumbre los llevaba al bar más cercano, al restaurante más barato y a observar pila tras pila de libros y películas en oferta.

Escribía tranquilamente en su bitácora de navegación, de manera sistemática anotaba los sucesos del día y alguno que otro pensamiento que se escapaba de sí. Estaba encerrado en la habitación, medio iluminada por la lámpara del rincón y opacada por el humo del tabaco que nunca soltaba. Eran apenas las dos de la tarde y llovía ya, no había más cervezas en el refrigerador ni pensamientos extras que masticar hasta el hartazgo, así que apagó la computadora, cerró su libro, tomó su libreta y su bolígrafo. Esta vez no olvidó revisar sus bolsillos y, al confirmar que traía las llaves de la casa, partió hacia el café. -¿Qué te sirvo?
-Un whiskey...doble
-¿Algo de comer?
-No –Cómo desde hace años, al sentir presión y estrés, el apetito salía huyendo a otro estomago, en un continente lejano.La mesera de falda corta y sonrisa larga se fue hacia atrás de la barra, mientras él observaba sus extensas y blancas piernas, soñaba en algún día tener la posibilidad -el valor- de invitarla al cine, a comer, a conversar. Mientras intentaba arreglar el mundo se machucó los dedos, se sangró la boca y atropelló un gato, casi consigue sacarle el seguro al microbusero y, por dos minutos, evitó la golpiza de su vida. Si hubiera estado más concentrado en el manubrio y no en la mujer que lo acababa de destrozar (otra vez) hubiera llegado temprano a la cita y no se hubiera empapado los zapatos ¿Pero qué más da? Otro curita, otra sesión de pizza, otra borrachera, la catarsis perfecta para exprimir la violencia que uno debe suprimir.

-Siéntate detective.
-Soy diseñador.
-Ya no, nunca más. Tu capacidad de intuición, tu ingenio, lo que sea que tienes adentro de la cabeza no es cosa que se pueda desperdiciar. Al igual que Zeta te elegimos para el programa por…
-No me llamo Zeta mi nombre es…
-Tu nombre no importa ahora muchacho, lo que nos interesa es que han pasado las pruebas.
-¿Nos? ¿Pruebas?
-Sí amigo, primero queremos saber quién eres y qué quieres...

El hombre de abrigo, derribando los tragos que se encontraban en la mesa y haciendo brincar las colillas del cenicero, tomó la mano de Zeta que lo señalaba y pretendía intimidar, la dobló de tal manera que el chico sólo pudo gritar y retorcerse de dolor. Su amigo, el detective, se levantó de inmediato para acudir en su ayuda, mas el extraño, con un movimiento veloz, sacó una luger de tres tiros con su mano libre y la puso en la sien de Zeta.

-No te acerques muchacho, siéntate, toma tu trago y guarda silencio.
-Suéltame hijo de…
-Cállate Zeta, quiero que te queden bien claras dos cosas. No soy tu amigo y no me vuelvas a levantar la mano.

Sentía las palabras en su oído, el hombre de sombrero se alejó lentamente del chico y lo soltó.

-Entonces ¿hablamos?
-¿Qué quieres?
-Informen a los demás de nuestra charla, les llamaré en dos días, preparen sus cosas y dejen arreglados todos sus asuntos pendientes. Les llamaré el sábado a las diez en punto, más vale que contesten sus celulares.

Net y Zeta observaban el billete que dejó aquel extraño para pagar la cuenta, en el rincón maloliente y oscuro del bar evitaban sus miradas, como si fueran culpables de un crimen que a ciencia cierta, no saben si cometieron.

La chica de pelo corto y gafas discretas caminaba por la plaza principal en busca de algo que detuviera su respiración, un momento fugaz que llenara su alma de paz, su cuerpo de adrenalina y su cámara de una buena fotografía que presentar en el concurso. Observaba con paciencia y admiración las construcciones coloniales que, después de más o menos quinientos años, se conservaban en un estado, digamos, aceptable. Veía a la gente que pasaba, la mayoría soñando con un auto plateado o rojo deportivo, una computadora portátil, un reproductor de música de último modelo, un pantalón de buena marca, una buena cena después del trabajo, un poco de calor hogareño, unas monedas para comprar algo de comer y llevar a sus hijos, algo de respeto, había también quien buscaba una sonrisa de comprensión o de afecto y, en el más pretencioso de los casos, una buena persona a quien amar; todos estos sueños, la mayoría imposibles de cumplir, reflejados en los rostros y en las maneras de andar, eran guardados en la memoria digital de su compañera, nada nuevo, rostros que por ser tan ajenos nos parecen familiares y hasta indiferentes dada la repetición de las expresiones. Así terminó de recorrer la plancha de concreto que simulaba el centro exacto de la ciudad (válido en una cosmovisión diferente, no en la actualidad). Decidió, pues, empezar a recorrer las calles aledañas, al lado de los puestos ambulantes de comida, de pilas, de películas, de perros, de herramienta; una gran variedad de artefactos de distinta procedencia que significaban una parte del alma de la ciudad, tal vez cada persona, cada puesto y su correcta construcción, eran un glóbulo blanco y uno rojo, respectivamente, del ser al que construíamos los que vivimos ahí.
Entonces un sobresalto arropó su corazón, las mejillas se le incendiaron y se descubrió sonriéndole a un extraño, con la barba a medio crecer, un poco más alto que ella, con tristeza en la mirada y vestido como cualquiera, tenis, pantalón de mezclilla azul y una playera que simulaba el uniforme militar iraní. Lo acompañaba un muchacho más grueso, sudadera negra con un superhéroe bordado, bermudas y botas de construcción. De manera automática entendió que la causa de aquella mueca era aceptación ante la foto que, ellos pensaban, les había tomado; hasta que se dieron cuenta (y de ahí la posición defensiva de los jóvenes) que el lente estaba captando la cantina de donde salían. Desaparecieron sin más, los tres volverían a sus vidas normales y burdas, ella a su escuela a presentar su tesis y ellos, seguramente un par de empleados de algún lugar cercano, a trabajar después de una cerveza. Decidió no darle importancia y pasar a la fonda del costado a comer arroz, sopa de pasta, albóndigas en chipotle, muchas tortillas, agua infinita, plátanos con crema, una menta y atención casera de una mujer que, seguramente, es una buena abuela con muchos hijos y más nietos, una sonrisa agradable a pesar de todos sus problemas… todo por veintiocho pesos.

Que triste que la pobreza de un hombre se mida en relación a sus muebles, que su capacidad de comprender esté íntimamente relacionada con su sillón y su cariño sea del tamaño de su baño; siguiendo este patrón de conducta, comprenderemos que su inteligencia se mide dependiendo de cuantas televisiones estén no encendidas, sino apagadas dentro de su hogar, y que su hambre pese lo mismo que su alacena. Pero él era diferente, en el refrigerador sólo tenía calma, en su habitación un colchón, un librero y un computador, en la pantalla estaba a la mano lo que no puede estar en su cerebro -comprende al conocimiento no como materia finita, puede intuir que es un diálogo, algo que se genera mediante una magia especial que provoca el escuchar y protestar- gracias a ello ha podido necesitar en esta vida sólo lo que puede producir. Este monje que ahora imaginas con una bata roja y naranja, descalzo y en huelga de hambre, coincide en la realidad únicamente con los antepasados que permiten esa imagen; nuestro hombre es alto, con rasgos orientales sí, de piel morena y reflejando su gran sabiduría en su estomago, vestido con chamarra y pantalón de mezclilla, siempre, y un eterno yin-yang de bisutería citadina en el cuello.

-¿Qué pasó?
-Te veo en el Biddy a las cuatro
-Órale, ¿Quién más va?
-Adiós, por favor no faltes
-¿Está todo bien?
-No, adiós

Tomó su portafolio verde, lo llenó de libros, revisó en Internet su cuenta de banco, por si su viejo amigo necesitara dinero saber cuánto podría prestarle, anotó en su diario lo que acababa de ocurrir y salió hacia el bar. Ya en la calle sus audífonos le regalaban Moonlight Sonata mientras subía al trolebús, cedió el asiento a una señora con su niño que, al no llevar cambio, el viaje fue gratis; estaba dispuesto a pagar los dos pasajes si el chofer no aceptaba hacer su buena obra del día, mas no hizo falta; de todas maneras ese ser terrible que llevaba dentro no es seguro que lo permitiera y mientras peleaba con la bestia se pasó una parada “Tres y media, puedo caminar un poco”. Se despreocupó por el tiempo y se dejó llevar dos paradas más mientras finalizaba la pelea, al bajar del camión chocó con una chica rubia, del prototipo que marca la mercadotecnia actual, analizando a una velocidad increíble todas las posibilidades que atraían esa sonrisa enmarcada por los labios color durazno, supo que la mejor opción era decir un calmo “disculpe, buenas tardes” y seguir su camino, a lo que la respuesta “No te preocupes, adiós” era lo único razonable, eso o algún insulto dada la histeria general en esta ciudad -culpable de que exista esa bestia-. Sin sorpresas avanzó hasta la plaza que estaba frente al bar, se recargó en el barandal del primer piso a esperar que pasara el tiempo, sin actividad alguna más que la contemplación, única forma de mantener la cordura silenciosa que nos sostenga en este mundo escandaloso.

La entrada era a las ocho, el jefe salía a almorzar de once a dos, a comer de tres a cinco y salía a las siete, así que el día se convertía en un ir y venir -quince minutos después que partiera y quince antes que llegara el jefe- de trabajo constante, de investigaciones profundas interdisciplinarias, términos académicos, conceptos filosóficos y biológicos incombinables en cualquier otro estudio que no fuera el suyo, patrañas que no acomodaban en su vida común, sólo en la que se ocupaba de alimentar su ego. A pesar de eso era una buena persona, aunque caótica, poco amable pero siempre leal a los suyos. Cicerón dijo “Amo la traición, mas odio al traidor” probablemente fue en un momento de éxtasis en que la mala pasada que le jugaron era tan esplendida que sólo pudo aplaudir. Un conocedor de estas artimañas no podría ser menos exquisito y pragmático a la vez, renegando de conceptos pero incendiando laboratorios para descubrir las terminales nerviosas de una planta, y si esta tendría alguna reacción moral frente al daño. Como nada de esto sucedía, su jefe estaba al borde de despedirlo, no se atrevía porque secretamente creía en sus investigaciones, aunque les adjetivara de “cuentos fantásticos y niñerías modernistas neorrománticas” comentarios de un doctor en biología que gustaba leer cuentos de sirenas y fantasmas, un aficionado de Poe y Darío era normal que le tuviera paciencia a un mago que traía su libro de hechizos en la lap. Al salir del trabajo se convertía en el marido perfecto, peleonero, pero un ser suficiente para satisfacer las expectativas de la pequeña hada; esperaba a la salida del trabajo que pasara por ella, recibirlo con un beso y criticar todo lo que había hecho en el día, después un trago de vino, hacer el amor, pensar a futuro olvidando el presente, hablar de la educación que darán a los hijos y salir a desayunar, cada quien a su trabajo y que pase la semana, hasta que llegue la llamada salvadora.

-Vuelvo en tres o cuatro horas, voy al Biddy
-Está bien, yo iré con mi mamá
-Te amo, nos vemos- Sabe que no está bien, que él debería acompañarla a casa de su madre y hacer fiesta con los suegros, pero sabe también que eso aumentaría el riesgo de que, con el tiempo, ella absorbiera su vida sin pensarlo, entonces él dejaría de existir. Por suerte no lo ha permitido y no dará licencia a tal atropello…

Y aquí comienza nuestra historia de genios, de héroes, de hombres comunes, preocupados por su futuro en lugar de su presente, un sábado cualquiera a una hora cualquiera, un grupo de extraños sentados, observándose y esperando una llamada que, de llegar, cambiará sus vidas para siempre, si no, sólo será un asunto, como tantos otros, que nadie les creerá, a pesar de no necesitar contarlo a nadie más.

En fin, el extraterrestre rastreó sus mentes y supo lo que sucedía, por eso está ahora con ellos, su sonrisa simulando no saber qué pasa y un tarro de cerveza derramando espuma y recolectando el tiempo.
Gasto la tarde haciendo notas mentales de cada uno de los detalles importantes que vengan hoy, no fui invitado al cambio, pero me he propuesto relatar al mundo lo que de ellos fuese si algo malo les pasara.

2 comentarios:

Fabiola dijo...

la neta, la neta... me gustó mucho, sólo que, para variar y debido a mi dispersión habitual de pensamiento, me perdí un poco con los personajes. No se cómo distinguir bien uno de otro, supongo que cada pedazo de historia corresponde a cada uno, pero hay veces que parece una historia hecha de retazos donde la unión entre éstos esta a 20 minutos de redacción de ser encontrada. Pero en sí, la historia per se, me gusta, como inicio de algo un poco mas grande esta maravilloso

Long Cool Woman dijo...

Hey...
Interesante... hay otra parte???
A mi me late mucho que en una misma historia se involucren muchos personajes...
El incio es bastante tagante para que te involucres en la lectura